HACER LO QUE TE GUSTA ES APRENDER A JUGAR
Ese famoso lugar donde creemos que vamos a hacer lo que nos gusta, lo nuestro, lo que queremos, muchas veces lo imaginamos como un espacio de comodidad, de satisfacción, de sentir que encontramos nuestro camino. Pero la realidad es que la mayoría del tiempo, al no encontrarlo, lo único que sentimos es angustia y frustración. Ese lugar no es un sitio físico, es un estado, una actitud: es la capacidad de jugar.
Jugar significa entregarnos con pasión a lo que nos toca hoy, a lo que la vida nos pone como desafío, sin importar si somos dueños, colaboradores, profesionales, docentes o lo que sea. Si logramos jugar con todo lo que eso implica, vamos a estar justo donde queremos, haciendo lo que nos gusta.
Pero si estamos demasiado estructurados, si solo vemos reglas, protocolos y formalismos que no se cumplen, en lugar de jugar vamos a sentir que todo es justo o injusto, que todo está bien o mal. Y eso es lo opuesto a jugar. Jugar es otra cosa, es tomarse en serio lo que hacemos, pero dejando espacio para la sorpresa, las oportunidades y la construcción de nuevos escenarios. Es tomar decisiones con una mirada estratégica, arriesgar, ceder en un lado para avanzar en otro. Jugar es una ecuación con muchas variables, donde la percepción, la imaginación y las sensaciones juegan un papel clave.
Jugar no es hacer las cosas sin pensar, al contrario, es comprometerse de verdad. Es entender que nada es absoluto, que cada momento es dinámico y que hay que saber leerlo con todas sus variables para tomar la mejor decisión, ya sea en el corto, mediano o largo plazo. Tu desafío es aprender a jugar. Solo así vas a sentir que estás haciendo lo que te apasiona, viviendo con entrega y explorando al máximo tu capacidad de generar valor.
LA DIFERENCIA ENTRE LO QUE TE GUSTA Y LO QUE TE INTERESA
Creemos que todas las emociones que reflejan un deseo o una aspiración son iguales, pero no lo son. Algunas emociones son más mentales, otras más físicas, otras más morales, y también están las que vienen de la autoexigencia. Pero, la que más necesitamos aprender a diferenciar es la que separa lo que nos gusta de lo que nos interesa.
El ejemplo más claro es cuando a alguien le gusta el dinero, pero no le interesa, o al revés. Por ejemplo, esta persona quiere tener más plata para comprar cosas, sentirse segura, etc., pero en realidad el dinero no la mueve. Lo que verdaderamente le importa es hacer algo bien hecho, compartir el camino con alguien, o algo completamente distinto. También puede pasar al revés: alguien quisiera poder hacer muchas cosas buenas, pero la verdad es que lo que lo mueve es el dinero. Esa es su verdadera motivación.
Entonces, lo que nos gusta suele ser más mental, más superficial, mientras que lo que nos interesa es lo que realmente nos mueve, eso que no podemos dejar de hacer. Otro ejemplo puede ser el ejercicio físico: te puede gustar la idea de estar en forma, pero quizás no te interesa de verdad lo suficiente como para dedicarle tiempo y esfuerzo. Si no identificamos estas diferencias con claridad, vivimos en una frustración constante. Queremos algo porque nos gusta, pero al final del día nos damos cuenta de que no nos interesa tanto como pensábamos.
Cuando logramos descubrir ese lugar donde lo que nos gusta y lo que nos interesa se conectan con nuestra personalidad, todo cambia. Nos reenfocamos en una dinámica que es mucho más efectiva, productiva y, sobre todo, gratificante. A veces hay que tomarse el tiempo e invertir en conocerse, en descubrir cuáles son nuestras características singulares, porque la motivación no funciona igual para todos. En cada persona es única, y esa singularidad es lo más interesante de todo.
LAS 3 ETAPAS PARA SENTIRTE PLENO CON LO QUE HACÉS
El camino para llegar a ese lugar que algunos definen como hacer lo que me gusta es un recorrido con etapas específicas que culminan en sentirme bien con lo que hago. Estas tres etapas las definiría, primero, como una etapa de miedo y control a superar; segundo, una etapa de orgulloso intento y aprendizaje; y, tercero, la etapa del disfrute de algunos logros o de levantar alguna copa.
La primera etapa, más que una en la que tratamos de lograr sentirnos bien, es una etapa donde buscamos no sentirnos mal. Es una etapa donde necesitamos aprender a relajarnos para poder estar en control, con un muy buen manejo del tiempo y de los criterios morales que nos torturan, es decir, de lo que está bien y lo que está mal. Es una etapa en la que debemos superar el miedo, dejar de compararnos con los demás, dejar de torturarnos y de autoexigirnos de una manera que nos descalifica, sacando lo peor de nosotros mismos. Si no logramos salir de esta etapa, todo aquello que no logramos controlar, lo tratamos de controlar con más desesperación, lo que nos lleva a un ciclo de frustración. Esta etapa es muy compleja y, lamentablemente, muchos quedan atrapados en ella. Por eso, la vida laboral y de negocios se les presenta como tortuosa, injusta, angustiante y frustrante.
Después viene la etapa central, que considero sin duda la más importante. Es donde descubrimos el mundo de la intimidad, el lugar donde las satisfacciones están en nuestra experiencia de sentirnos orgullosos: por nuestros intentos, nuestro aprendizaje, por lo que somos y lo que consideramos que podemos ser. Es una etapa optimista, de confianza, donde se encuentra la mayor y verdadera motivación.
Es importante aclarar que, si la primera etapa no está resuelta, si no logramos entrar en control y seguimos desesperados intentando controlar porque sentimos que el sentido viene desde afuera y no lo experimentamos internamente, entonces, paradójicamente, todo lo bueno de la segunda etapa se vuelve malo. Es decir, nuestros esfuerzos, intentos, búsquedas y aprendizajes se viven como una tortura, como si fuéramos tontos, como si todo lo que hicimos no tuviera sentido. Esto es característico de quien no pudo salir de la etapa uno, quien no logró relajarse, entender el juego y avanzar hacia la etapa dos para disfrutar de la intimidad de sus intentos.
Por último, llega la tercera etapa, la del logro. Definitivamente, el logro es un buen indicador de que vamos bien. Se disfruta, nos hace sentir orgullosos y nos recuerda todos esos esfuerzos que hicimos para alcanzarlo, así como los intentos fallidos que le dan sentido a nuestros errores y fracasos. Es una buena fuente de paz, tranquilidad, seguridad, alegría y motivación. Sin embargo, no es la etapa más importante. El motor de las tres etapas está en la etapa del medio: la etapa donde sentimos la energía y la motivación en el orgullo interno que experimentamos
JUGÁ TU JUEGO: ¨HACÉ LO QUE SOS” *
En la evolución de nuestro rendimiento descubrimos un lugar óptimo donde fluimos con naturalidad, la motivación se autogenera, el impacto es significativo, y encontramos una gran satisfacción y disfrute. Ese lugar lo defino como “mi juego”. En ese espacio no sólo me siento cómodo, sino que también se ponen en juego mi estilo, mi ritmo, mi energía, mis reglas y con quién elijo jugar. Cuando jugamos nuestro juego, estamos tan identificados con lo que hacemos que sentimos que estamos haciendo lo que somos. Esa conexión profunda entre acción y esencia nos permite alcanzar niveles únicos de disfrute y plenitud, una sensación tan natural y auténtica que podríamos decir que estamos “en nuestra salsa”.
Llegar a este lugar es complejo, porque, por lo general, jugamos el juego de otro, lo que nos cuesta entender y aceptar. Lo óptimo es aprender a jugar nuestro propio juego junto con otro, al mismo tiempo que permitimos que el otro juegue el suyo. Entonces, el encuentro sinérgico alcanza su máximo nivel. Sin embargo, si sentimos que el otro nos impone, nos presiona o nos saca de eje, es muy probable que esa sinergia no se esté dando porque estamos lejos de sentir que estamos jugando nuestro juego.
El desafío es tener muy claro cuál es el juego de uno, cuáles son sus espacios, y aprender a defenderlos y manejarlos de manera que puedas incorporar a otras personas para jugar tu juego. También es importante sacar de tu entorno rápidamente a quienes atenten contra tu capacidad de jugarlo.
Quizás en el mundo de los negocios hoy no hayas encontrado tu juego, o lo hayas encontrado a medias, pero seguramente existe alguna actividad, propia y a tu medida, que disfrutás en tu intimidad, sin que nadie te moleste, y que te hace feliz. Poné la mirada en esa actividad, porque es una muestra gratis de la lógica que, en el mundo del rendimiento —ya sea en deportes o negocios—, implica entender la lógica de tu propio juego.
EL VERDADERO ÉXITO NACE EN LA INTIMIDAD
En la vorágine del día a día, nuestras expectativas suelen confundirse con los mandatos sociales. Muchas veces creemos que estamos persiguiendo lo que realmente queremos, pero en realidad seguimos un cliché impuesto por la sociedad. Esta evalúa lo que ve, guiándose por resultados tangibles: el logro, el éxito, esa conquista económica o esa copa levantada. Esos son los estándares que determinan que estamos “haciendo las cosas bien”. En este contexto, nos convencemos de que perseguimos nuestros propios deseos, cuando en realidad estamos cumpliendo un estereotipo estándar que la sociedad define como éxito. Sin embargo, esta búsqueda de reconocimiento externo, de satisfacer las demandas de una sociedad tan exigente e imposible de complacer, nos aleja del verdadero disfrute y realización.
El éxito genuino, el que nace desde la intimidad, tiene otra lógica. Va más allá del aplauso y el reconocimiento. Es lo que queda cuando los días pasan, cuando el logro socialmente celebrado se diluye en el olvido. Es en ese momento donde emergen nuestras verdaderas expectativas de superación: mejorar nuestras habilidades, ser más creativos, ordenados, buenos con los demás o perseverantes. Ese éxito íntimo se encuentra en el esfuerzo, en los sacrificios, en la autocomprensión cuando nadie más parece entendernos. Es un éxito personal, que nos permite sentirnos orgullosos de nosotros mismos, completamente distinto a la lógica externa.
Paradójicamente, quienes logran el éxito reconocido por la sociedad suelen ser aquellos que no lo buscan directamente. Enfocados en ese éxito interior, generan una energía, motivación y entusiasmo que los lleva a desarrollar su mejor versión. Como consecuencia, muchas veces alcanzan resultados sorprendentes que terminan siendo valorados externamente, aunque esa no haya sido su prioridad.